El 28M y la pregunta que sigue sin respuesta institucional
El Día Internacional de Acción para la Salud de las Mujeres nació en 1987, impulsado por la Red Mundial de Mujeres por los Derechos Reproductivos, con un objetivo central: reafirmar el derecho a la salud como derecho humano al que las mujeres deben acceder sin restricciones ni exclusiones a lo largo de todo su ciclo vital. Casi cuatro décadas después, los datos del sistema sanitario español muestran que ese objetivo sigue siendo una tarea pendiente.
La paradoja central de la salud femenina en España es esta: las mujeres tienen una esperanza de vida superior a la de los hombres, con 86,3 años frente a 81,1 según el Informe Anual 2024 del Sistema Nacional de Salud, y al mismo tiempo presentan peores indicadores de salud percibida, mayor prevalencia de enfermedades crónicas y más años vividos con limitaciones en las actividades cotidianas. Esa paradoja no es un accidente estadístico: es el resultado de mecanismos estructurales que operan antes, durante y después del contacto con el sistema sanitario.
La brecha de género en salud no es solo biológica
Las enfermedades cardiovasculares se han percibido históricamente como patologías masculinas, una percepción que no se basa en diferencias biológicas sino en la escasa presencia de mujeres en los estudios científicos, lo que ha generado un infradiagnóstico sistemático, como documenta la Universitat Oberta de Catalunya en su análisis sobre brecha de género cardiovascular (2024). Los síntomas de un infarto en mujeres con frecuencia no coinciden con el patrón clásico de la literatura médica, construida sobre cuerpos masculinos. El resultado son diagnósticos tardíos y peores pronósticos.
El infradiagnóstico no afecta solo a las enfermedades cardiovasculares. El 80% de las personas afectadas por enfermedades autoinmunes son mujeres (Portal Clínic, Hospital Clínic de Barcelona, 2023), patologías que con frecuencia pasan desapercibidas o se confunden con otros diagnósticos alternativos. La normalización del dolor en las mujeres ha generado retrasos en diagnósticos con impacto directo en el pronóstico y la calidad de vida, según recoge Saludiario en su análisis sobre brecha de género en diagnóstico (2026). La endocrina e investigadora Carme Valls-Llobet, pionera en España en el análisis del sesgo de género en medicina y autora de Mujeres invisibles para la medicina (Capitán Swing, 2020), documenta cómo las patologías crónicas más prevalentes en mujeres han sido sistemáticamente menos investigadas que las agudas, lo que convierte el infradiagnóstico en un problema estructural del sistema, no en una excepción.
El género es un determinante social crítico que genera desigualdades evitables e injustas en la salud, como señala ISGlobal en su análisis sobre brechas de género y salud global (2025). Eso significa que parte de la peor salud de las mujeres no es inevitable: es producida por condiciones sociales, laborales y organizativas que pueden modificarse. La doble jornada, la mayor exposición a situaciones de precariedad económica y la menor autonomía sobre las propias condiciones de vida son factores con impacto sanitario directo y medible, que no aparecen en los diagnósticos clínicos pero sí en los datos epidemiológicos.
Lo que mide el índice ClosinGap en 2025
El V Índice ClosinGap, publicado en febrero de 2025, sitúa la paridad de género en el ámbito de la salud y el bienestar en el 83,7% en España, la categoría con mayor paridad de todas las analizadas. La tendencia, sin embargo, no es favorable: el indicador cayó 0,2 puntos en 2024, principalmente por el aumento del riesgo de pobreza o exclusión social entre las mujeres y la reducción de los años de buena salud respecto a la esperanza de vida.
El dato es relevante por lo que señala: la categoría aparentemente más avanzada en igualdad de género es también la que retrocede. Y lo hace por razones que no son sanitarias en sentido estricto: son económicas y sociales. Reducir la brecha en salud femenina con prevención y tratamientos adecuados ahorraría más de 10.000 millones de euros anuales en Europa, según Salud a Diario (2024). La salud de las mujeres no es solo una cuestión de derechos: es una variable económica con impacto directo en la productividad, la sostenibilidad del sistema de cuidados y el coste del sistema sanitario.
Los determinantes de salud que pasan por las organizaciones
La perspectiva de género en salud no es un asunto exclusivo de la administración sanitaria. Las organizaciones son uno de los espacios donde los determinantes sociales de la salud se producen y reproducen, y también donde pueden modificarse.
La carga de cuidados como determinante de salud. La doble jornada es una realidad estructural para la mayoría de las mujeres que trabajan fuera del hogar: su impacto en la salud no es excepcional sino sistemático. Mayor prevalencia de trastornos musculoesqueléticos, fatiga crónica y peor salud mental son consecuencias documentadas de esa sobrecarga. Las políticas de corresponsabilidad que redistribuyen esa carga no son solo una medida de conciliación: son una intervención sobre un determinante de salud con efectos medibles.
El entorno laboral como factor de riesgo o de protección. La precariedad contractual, la parcialidad involuntaria y la menor cobertura de salud laboral en los sectores feminizados producen condiciones de trabajo que deterioran la salud a largo plazo. Los planes de igualdad que abordan las condiciones de empleo en sectores feminizados actúan sobre esos determinantes de forma directa.
La salud mental en el entorno organizativo. El deterioro de la salud mental afecta de forma más intensa a las mujeres, por motivos asociados a los problemas estructurales presentes en la sociedad y en las organizaciones. La detección precoz, la formación de personas responsables de equipos y los protocolos de atención son herramientas disponibles que pocas organizaciones han integrado de forma sistemática en su gestión de personas. En este ámbito trabaja desde 1987 la Asociación Mujeres para la Salud (AMS), que a través de su Escuela ESEN ofrece el posgrado en Malestares de Género para profesionales que quieran incorporar la perspectiva de género en su práctica.
La perspectiva de género en salud es una competencia técnica
Incorporar la perspectiva de género en salud no requiere convertir la organización en un actor sanitario. Requiere identificar en qué medida las condiciones de trabajo, las políticas de gestión de personas y la distribución de cargas están produciendo efectos diferenciados por sexo sobre la salud de quienes trabajan en ella.
Esa identificación es posible con los instrumentos técnicos adecuados: diagnósticos de igualdad que incluyan indicadores de salud laboral desagregados por sexo, evaluaciones de impacto de género de las medidas de conciliación, y sistemas de seguimiento de resultados. La pregunta que deben responder es siempre la misma: ¿las políticas implementadas están produciendo los efectos previstos? La Estrategia Española de Salud Global 2025-2030 sitúa el género como determinante estructural que debe integrarse en la planificación sanitaria. Las organizaciones tienen la misma obligación analítica respecto a sus propios entornos de trabajo.
El 28M no es una efeméride para declarar compromisos. Es una fecha útil para revisar qué datos tiene la organización sobre la salud diferencial de sus plantillas y qué está haciendo con ellos.
La peor salud de las mujeres no es un dato médico: es el resultado de la desigualdad estructural y de las condiciones sociales, de cultura organizativa y laborales que las organizaciones tienen capacidad de modificar.
— LIKaDI
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