Por LIKaDI Consultoría · Mujeres que nos inspiran · Lectura: 7 min
La Medalla de Oro al Mérito Deportivo le fue concedida en 1998, el año de su muerte. Había llegado a la final de Wimbledon en 1926, en 1927 y en 1928.
Elia María González-Álvarez y López-Chicheri nació en Roma en 1905, durante un viaje de sus padres. Creció en Suiza y se formó deportivamente en la nieve alpina antes que en la pista de tenis. Fue campeona de Cataluña de automovilismo en 1924, a los diecinueve años, como única participante femenina en una categoría exclusivamente masculina. Ese mismo año viajó a los Juegos Olímpicos de París junto a Rosa Torras: fueron las primeras mujeres españolas en unos Juegos. Llegaron a cuartos de final.
Lo que la prensa británica llamó con admiración «The Señorita» era al mismo tiempo una etiqueta de exotismo: la española que jugaba bien, que era elegante, que tenía clase. El apodo reconocía su talento y lo enmarcaba en una categoría segura, la de la excepción pintoresca, sin que eso implicara transformar las condiciones generales del deporte femenino.
Lo que decidió y la resistencia que encontró
Lo que define la trayectoria de Álvarez son las decisiones que hicieron posibles sus victorias y las condiciones estructurales contra las que se tomaron. Compitió en disciplinas que no estaban diseñadas para las mujeres, en circuitos donde su presencia era tolerada pero no prevista, y lo hizo sosteniendo posiciones que encontraron resistencia institucional sistemática.
En 1931 encargó a Elsa Schiaparelli un diseño específico para competir: una falda-pantalón que le permitiera mayor libertad de movimiento en la pista. La usó primero en Roland Garros y después en Wimbledon. El escándalo fue inmediato. Los periódicos la criticaron. El All England Club la miró con recelo. La decisión no era de moda: era la afirmación de que los cuerpos de las deportistas no debían estar regulados por normas ajenas al rendimiento. Que una tenista eligiera su ropa en función de la eficacia deportiva era una transgresión de orden social, no una cuestión técnica.
En 1940 ganó el Campeonato de España de Esquí en Candanchú. Ese mismo año acusó públicamente al jurado del torneo de discriminar a las participantes femeninas, que debían esperar a que finalizaran todas las pruebas masculinas antes de poder competir. La Federación la descalificó a perpetuidad por «injurias contra España». Fue readmitida un año después. Decidió no volver.
La escritura como continuación del argumento
Álvarez publicó su primer libro, Modern Lawn Tennis, en Londres en 1927, mientras era tenista activa, y ejerció como corresponsal del Daily Mail durante la proclamación de la Segunda República y la Guerra Civil. En 1946 publicó Plenitud, el primero de una serie de libros que combinaban reflexión sobre el deporte, la espiritualidad y la condición de las mujeres.
En 1951 pronunció el discurso «La batalla de la feminidad» en el V Congreso Feminista Hispanoamericano. El título no era retórico: para Álvarez el deporte y la escritura eran el mismo argumento con distinta forma, y en ambos campos la cuestión era idéntica: quién tiene derecho a ocupar un espacio y en qué condiciones.
En 1960 fundó con María Laffitte, María Salas y Consuelo de la Gándara el Seminario de Estudios Sociológicos de la Mujer (SESM), espacio de investigación y debate que funcionó hasta 1986. El SESM operó durante el franquismo como un ámbito de producción intelectual sobre la situación de las mujeres en España: analizaba las condiciones reales de desigualdad en un contexto en que nombrarlas públicamente tenía costes. No fue un círculo de élite ilustrada: fue un instrumento de trabajo con una continuidad de más de dos décadas.
En 1965 escribió el prólogo a la primera edición en castellano de La mística de la feminidad de Betty Friedan. Que fuera ella quien introdujera ese texto en español no es un dato periférico: es la continuación del mismo argumento, ahora en el terreno de la teoría feminista.
«Yo fui tres veces finalista en Wimbledon, cosa que no lo ha sido nunca ningún español varón… Ya ves, el homenaje que no me hacen en España me lo tributan allí. Ese olvido es debido a que los varones son muy importantes en España. De ellos hablan y de lo mío nadie dice nada.»
— Lilí Álvarez, entrevista con Antonio D. Olano, 1988
Qué nos dice hoy su legado
Lilí Álvarez murió en Madrid el 8 de julio de 1998. La Medalla de Oro al Mérito Deportivo le fue concedida diecisiete días después de su fallecimiento. Ese dato puede leerse como evidencia de que el reconocimiento institucional del mérito de las deportistas tiene un ritmo propio, distinto al del mérito demostrado: un ritmo que no responde a los logros sino a las condiciones en que esos logros se producen.
El mecanismo que operó sobre Álvarez sigue operando. En abril de 2026, el Consejo Superior de Deportes y el Instituto de las Mujeres entregaron los VIII Premios Lilí Álvarez de periodismo deportivo, destinados a reconocer los trabajos que mejor contribuyen a visibilizar el deporte femenino en España. Que esos premios sean necesarios, setenta años después del primer libro de tenis de Álvarez, es la medida más precisa del problema que ella documentó con sus propias palabras.
La brecha de reconocimiento en el deporte femenino no es un efecto del pasado: es un mecanismo activo. Álvarez lo nombró en 1988 con exactitud. Los datos de 2026 confirman que el diagnóstico sigue vigente.
— LIKaDI
Desde LIKaDI trabajamos la igualdad como un proceso transversal que atraviesa políticas, organizaciones y culturas. Recuperar el legado de mujeres precursoras nos ayuda a comprender mejor los retos actuales y a seguir construyendo miradas críticas e inclusivas.
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