Si alguna vez has pensado que la salud mental y género son ámbitos separados, puramente médicos y neutrales, tenemos una noticia para ti. Quizá andas algo despistada. O despistado. Conviene recordar que, históricamente, el diagnóstico de “despiste” —y de otros desajustes emocionales— ha recaído con mayor frecuencia sobre nosotras.
No es ninguna novedad afirmar que la psiquiatría ha estado atravesada por prejuicios de género. Aun así, merece la pena recordarlo. La historia —y también el presente— no deja de sorprender. Ni de indignar.
Durante siglos, el diagnóstico y el tratamiento del sufrimiento psíquico han funcionado como un espejo turbio de la sociedad. Lo que no se ajusta al molde, se patologiza. Y ese molde casi siempre ha tenido el contorno de las normas tradicionales de género.
En este texto recorremos la compleja relación entre ser mujer y ser diagnosticada —o castigada— bajo el paraguas de la “enfermedad mental”. Porque, de locas, nada. Ajusta bien el cinturón. Vienen curvas. Curvas de discriminación por ser mujeres.
De “histéricas” a “disruptivas”: mujeres bajo diagnóstico
Desde la Antigüedad, la narrativa médica ha vinculado lo femenino con la inestabilidad emocional y la irracionalidad. El diagnóstico de “histeria”, derivado del griego hystéra (útero), convirtió durante siglos cualquier conducta femenina incómoda en patología.
Gritar, llorar, rebelarse o desear autonomía podía ser suficiente. También no cumplir el rol asignado. Cualquiera de estas conductas bastaba para ser etiquetada como enferma.
Y no hablamos de un pasado remoto. En España y en buena parte de Europa, hasta bien entrado el siglo XX, bastaba con ser considerada “díscola”, “inmoral” o “demasiado libre”. El destino podía ser el encierro en un manicomio.
A menudo, la familia participaba activamente. Pesaban más el orden patriarcal y el “qué dirán” que el bienestar de la mujer.
Los archivos lo confirman. En el hospital psiquiátrico de Conxo (Galicia) existen numerosos testimonios de ingresos forzosos. Muchas mujeres fueron internadas por conductas que hoy identificaríamos como disidencia a los roles de género. El libro As tolas non o eran rescata estas historias, como recoge un reportaje sobre las mujeres internadas en el psiquiátrico de Conxo.
Negarse a casarse, salir de noche, criticar al marido, leer demasiado o no querer ser madre podía convertirse en motivo de encierro. La etiqueta de “locura moral” funcionaba como una condena indefinida.
Salud mental y género: un sesgo que continúa
¿Estamos mejor hoy? En parte, sí. Sin embargo, el sesgo de género en la salud mental sigue presente. Solo ha adoptado formas más sofisticadas.
Las mujeres continúan siendo diagnosticadas en mayor proporción. También son las principales consumidoras de psicofármacos. En España, el uso de ansiolíticos y antidepresivos es significativamente mayor entre mujeres.
No se trata solo de que las mujeres “pidan más ayuda”. Los estereotipos siguen presentes en las consultas. Condicionan diagnósticos y tratamientos.
Un ejemplo claro es el diagnóstico del TDAH. En niñas y mujeres, los síntomas suelen pasar desapercibidos. O se reinterpretan como ansiedad o depresión. El resultado son diagnósticos erróneos y sobremedicalización.
Tratamientos: ¿cuidado o disciplina?
Las mujeres han sido históricamente el principal campo de experimentación de terapias y fármacos psiquiátricos. En muchos casos, esta situación continúa.
El uso sistemático de la medicación responde a menudo a una lógica de disciplinamiento del sufrimiento femenino. Se medicaliza el malestar. Se evita mirar el contexto.
La activista y superviviente psiquiátrica María Huertas lo explicó con claridad. Muchas mujeres fueron internadas durante años por no ajustarse al rol de género esperado. Su historia puede conocerse en este perfil biográfico sobre María Huertas.
El patrón se repite. Ante el sufrimiento de las mujeres, el sistema encuentra antes una receta médica que una reflexión social o política.
Violencia machista y salud mental: un círculo perverso
Gran parte del sufrimiento psicoemocional femenino tiene su origen en la violencia machista, la desigualdad estructural y la precariedad. Estas realidades han sido durante décadas silenciadas o minimizadas.
Como se señala en el artículo Rompiendo silencios: envejecimiento y violencia de género, el malestar no puede entenderse sin atender a las trayectorias vitales. Tampoco sin analizar la violencia institucional.
El ámbito cultural también ha recuperado esta memoria. La obra teatral Locas cae la noche reconstruye historias de mujeres encerradas sin diagnóstico ni derecho a réplica. Lo hace visible en la presentación de la obra.
Cuando la “loca” incomoda (ayer y hoy)
“Loca” sigue significando desobediencia. Designa a quien incomoda. A quien cuestiona. A quien vive fuera del guion.
Convertir el malestar en diagnóstico psiquiátrico deslegitima las demandas. También neutraliza la denuncia. Es demasiada lucidez para un sistema que teme perder el control.
Caminos hacia una salud mental con perspectiva de género
Analizar la realidad desde la salud mental y perspectiva de género permite cuestionar la supuesta neutralidad de los diagnósticos. También ayuda a identificar cómo se reproducen desigualdades históricas.
El cambio no es automático. Pero existe. Se avanza hacia enfoques que reconocen contextos de vida, diversidad y autonomía. Aun así, el reto persiste. Es necesario desmontar el estigma y erradicar la violencia institucional que aún se disfraza de cuidado.
Seguir nombrando lo que se ha silenciado también es una forma de cuidado.
En el blog de Likadi continuamos explorando las intersecciones entre género, violencia, salud mental y perspectiva de género y derechos. Lo hacemos desde una mirada crítica y comprometida con la transformación social.

