Las mujeres disfrutan de una esperanza de vida más prolongada que los hombres, sin embargo, esta longevidad no siempre se traduce en una mejor calidad de vida, ya que aunque viven más años, las circunstancias en las que lo hacen suelen ser desfavorables. A medida que avanzan en edad, las mujeres enfrentan un riesgo creciente de pobreza, violencia, discriminación y soledad (no deseada). La violencia de género y la discriminación impactan a mujeres y niñas de todas las edades y contextos sociales a nivel global, aunque el efecto varía, al cruzarse con otras formas de discriminación, como el racismo y el edadismo.
Las investigaciones muestran que las mujeres de edad avanzada enfrentan discriminación en múltiples ámbitos, como el trabajo, la atención médica, el acceso a los servicios financieros y a la propiedad. Estos estudios subrayan las actitudes y prácticas perjudiciales hacia las personas mayores, indicando que la discriminación es particularmente severa contra mujeres viudas o solteras, aquellas con discapacidades, así como mujeres rurales y migrantes. Es fundamental abordar estas desigualdades para elevar su calidad de vida y asegurar su dignidad y derechos.
La necesidad de visibilizar la violencia de género hacia las mujeres mayores
Los datos de la Macroencuesta de Violencia contra la mujer de 2019 revelan que la proporción de mujeres mayores que padecen violencia de género es comparable o incluso superior a la de la población femenina en general. Esta tendencia se puede atribuir a las causas estructurales de la violencia, que impactan a todas las mujeres, y al contexto social desigual en el que se ha socializado al colectivo de mayores.
Sin embargo, la representación de estas mujeres en los recursos sociales destinados a víctimas de violencia de género es limitada, con una mayoría de usuarias jóvenes y una escasa representación de mujeres de más de 50 años. Esto resalta la necesidad de investigar las razones detrás de esta falta de atención y su efecto en la vulnerabilidad de estas mujeres.
A pesar de la creciente conciencia sobre la relevancia de la edad en la experiencia de la violencia, la mayoría de los estudios se enfocan sobre todo en mujeres jóvenes, dejando a las mayores en una situación de invisibilidad. Esta intersección entre género y edad explica que su realidad sea poco conocida y visible tanto en el ámbito político como académico y social. Además, hay una tendencia observada en algunas investigaciones a confundir la violencia de género contra las mujeres en esta franja de edad con la violencia hacia personas mayores en general, lo que diluye el análisis del componente estructural de género.
La necesidad de visibilizar la violencia de género que incide sobre las mujeres de más de 50 años es aún más urgente ante la aceleración del proceso de envejecimiento que estamos viviendo. La creciente proporción de mujeres mayores que sufren violencia de género hace inaceptable la falta de estudios específicos que aborden sus características, dinámicas y consecuencias. Es fundamental desarrollar intervenciones adaptadas a sus necesidades para mejorar su situación y reducir la violencia que enfrentan.
Más allá de la violencia directa
El Convenio de Estambul define la violencia contra la mujer como:
[…] todos los actos de violencia basados en el género que implican o pueden implicar para las mujeres daños o sufrimientos de naturaleza física, sexual, psicológica o económica, incluidas las amenazas de realizar dichos actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, en la vida pública o privada. (art. 3a)
Esta definición amplía la que ya se recogía en la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género limitando su ámbito de actuación a la violencia ejercida contra las mujeres “por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, incluso sin convivencia”.
Para actuar contra la violencia hacia las mujeres, respetando los requerimientos del Convenio de Estambul mencionado, es imprescindible considerar la violencia ejercida por la pareja o la ex pareja así como las distintas manifestaciones de la violencia sexual, la explotación sexual, la mutilación genital femenina, la trata, el matrimonio temprano o forzado, el feminicidio y cualquier otra forma de violencia, incluida la económica, que lesione o sea susceptible de lesionar la dignidad, la integridad o la libertad de las mujeres. Muchas de estas manifestaciones afectan principalmente a niñas y jóvenes y, aunque se podría pensar que las mayores están más protegidas, en realidad siguen expuestas a las múltiples formas de violencia que se intensifican por la intersección del sexismo y el edadismo.
La violencia simbólica, concepto que describe la violencia insensible e invisible que se ejerce a través de la comunicación y el conocimiento, perpetúa las desigualdades entre hombres y mujeres. Se manifiesta en mensajes culturales que pretenden justificar la subordinación de las mujeres, a través de la publicidad, la televisión, la música y otros medios. Estos mensajes pueden ser explícitamente sexistas o simplemente reforzar estereotipos negativos.
Particularmente preocupante es la invisibilización de las mujeres mayores en los medios, donde su representación es significativamente menor que la de los hombres, lo que impacta negativamente en la percepción social del envejecimiento y en la autoevaluación de las mujeres. Esta falta de representación no solo refuerza la violencia simbólica, sino que también contribuye a la desvalorización de las mujeres en esta etapa de la vida, un aspecto que no debe ser subestimado.
La jerarquía de género: orígen de la violencia machista
La violencia de género surge de las desigualdades de género y de la estructura patriarcal, siendo la máxima expresión de la dominación sexista. Esta violencia se manifiesta como resultado del poder simbólico y material que el patriarcado ha conferido a los hombres, despojando a las mujeres de su autonomía y derechos.
Existen tres razones clave que evidencian el carácter estructural de la violencia de género:
- En primer lugar, las relaciones de género son inherentemente relaciones de poder, donde lo masculino y lo femenino no se encuentran en condiciones de igualdad, sino en una jerarquía que privilegia a los hombres y lo asociado culturalmente a ellos. Esta desigualdad preexistente traslada la ficción del derecho naturalizado a acceder y ejercer poder, sobre otros seres, para lo cual se otorga como prebenda la defensa de dichos privilegios mediante la violencia.
- En segundo lugar, la construcción de la masculinidad está íntimamente ligada a la violencia, que se considera un medio legítimo para resolver conflictos. La socialización diferencial de género también contribuye a que los hombres se desarrollen en la carencia de las habilidades emocionales necesarias para gestionar las expectativas, la frustración o el fracaso, lo que puede intensificar comportamientos violentos.
- Finalmente, la ficción de una supuesta superioridad masculina requiere de la inferiorización y sometimiento de las mujeres, convirtiéndolas en objetivos de la violencia. Esta dinámica justifica la defensa de los privilegios masculinos y también perpetúa el ciclo de violencia que sostiene la estructura patriarcal.
Discriminación en la vejez: la doble carga por ser mujer
A pesar del aumento de estudios de género en los últimos años, la violencia de género y la discriminación hacia las mujeres mayores siguen siendo temas poco investigados. Las campañas de sensibilización rara vez se enfocan en este grupo, lo que refuerza la invisibilidad de la vejez y, en particular, de las mujeres en esa franja de edad.
Investigaciones, como el estudio de Cruz Roja y la Universidad Carlos III, revelan que las mujeres de 65 años o más enfrentan una mayor discriminación por género y edad en comparación con las mujeres más jóvenes y los hombres de su misma edad. La sociedad mantiene un ideal de belleza que deja de lado a las mujeres mayores, lo que lleva a una desvalorización de su identidad y a la creencia de que su valor social se limita a ser cuidadoras o abuelas. Su representación en los medios de comunicación es muy limitada y, cuando aparecen, suele ser en un papel secundario, reforzando estereotipos negativos y paternalistas.
Es fundamental adoptar una perspectiva interseccional, e intentar explicar la interacción de múltiples discriminaciones en una misma persona. Atendiendo a esta óptica, las desigualdades sociales e institucionales son consecuencia de la interacción de diversos factores, como el género con la clase social o la sexualidad; las situaciones de opresión y discriminación de las personas se dan por la confluencia de las múltiples facetas de su identidad. Así, las diferentes formas de discriminación a lo largo del ciclo vital no son simplemente la suma de identidades, sino que estas discriminaciones se entrelazan y generan desigualdades sociales aún más complejas.
La violencia y discriminación que enfrentan las mujeres de más de 50 años no solo se manifiestan en relaciones de pareja, sino que también se extienden a niveles simbólicos y estructurales, afectando a su acceso a derechos y su capacidad para vivir dignamente.
Diferencias en la violencia de género: mujeres mayores vs. jóvenes
La Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2019 muestra algunas diferencias en la incidencia de la violencia de género relativas a la edad que es necesario analizar. Por un lado, se muestra que el 8,5% de las mujeres de 65 años o más ha sufrido violencia física y/o sexual de alguna pareja a lo largo de la vida, frente al 16,1% de las mujeres que tienen entre 16 y 64 años y el 22,9% ha sufrido algún tipo de violencia psicológica frente al 34,9% de las mujeres que tienen entre 16 y 64 años.
Para entender mejor las causas de estas diferencias, analizaremos algunas de las características de la violencia hacia las mujeres mayores que se resaltan en el estudio Violencia contra las mujeres mayores. Interacción del sexismo y edadismo. Este estudio explora la relación entre el sexismo y el edadismo, ofreciendo claves esenciales para comprender esta forma de discriminación tanto simbólica como estructural, así como las particularidades de la violencia de género en las relaciones de pareja en las etapas más avanzadas de la vida.
En primer lugar, se puede observar que la violencia en las relaciones de pareja tiende a ser prolongada, a menudo extendiéndose por años o incluso décadas. Esto provoca un impacto considerable en la salud física y mental de las mujeres, así como una mayor resignación y menores oportunidades para una recuperación efectiva. Además, se destaca que la edad se utiliza como un instrumento de daño, por el que las mujeres son desvalorizadas mediante comentarios que refuerzan su distancia respecto a determinados estándares impregnados de edadismo y machismo.
El estudio también menciona que muchas de estas relaciones comenzaron en un contexto donde no había conciencia sobre la violencia de género, lo que ha llevado a una normalización de la violencia de baja intensidad y a la interiorización de roles de género tradicionales. Esta interiorización dificulta que las mujeres reconozcan las manifestaciones de violencias con las que conviven y padecen y, en algunos casos, de tan normalizada que está, llegan a justificarla.
Asimismo, se abordan los mandatos religiosos y los valores asociados a la feminidad tradicional, como el sacrificio, la abnegación y la sumisión, que contribuyen a la normalización de la violencia. El secretismo en entornos tradicionales y el temor a ser juzgadas también juegan un papel crucial, ya que muchas mujeres mayores sienten que no pueden hablar sobre su situación por miedo a no ser creídas o a no encontrar apoyo. En entornos rurales, en los que todo el mundo se conoce, estas dinámicas y este miedo a que se conozca lo que se vive dentro del hogar son aún más intensos.
Envejecer sin violencia
Así pues, para abordar la violencia de género en la vejez, es fundamental adoptar una perspectiva interseccional. Es necesario realizar más investigaciones para comprender mejor el problema y proporcionar apoyo específico a las mujeres. El entorno familiar y la sociedad, en su conjunto, desempeñan un papel fundamental en este contexto. Los hijos e hijas pueden ser tanto un apoyo como un obstáculo, por lo que es esencial incluirlas como agentes claves interpelando a su implicación ya desde las campañas de sensibilización. Además, urge aumentar la formación en salud y atención sociosanitaria con una perspectiva de género y edad, ya que la atención primaria es vital como puerta de entrada a la detección de situaciones de violencia, de indefensión o riesgo de vulnerabilidad.
Cada vez más, resulta esencial fomentar la articulación y el cuidado de redes de apoyo para combatir el abandono y la soledad que enfrentan muchas mujeres en la vejez. La interacción social a través de actividades lúdicas y formativas adquiere relevancia en su recuperación y el fortalecimiento de las condiciones para una buena vida cuidando de los vínculos sociales. Por ello, es importante implementar campañas y servicios que promuevan un trato igualitario hacia las personas mayores, que incentiven el reconocimiento de sus aportaciones, la independencia económica y presenten un valor positivo de la vejez y el envejecimiento, alentando a emprender nuevos proyectos y seguir siendo una parte social activa.

