Desde la perspectiva de las estrategias para abordar la igualdad de género, es fundamental dirigir las intervenciones para satisfacer las necesidades prácticas de las mujeres, así como también hacia sus intereses estratégicos.
Las necesidades prácticas son aquellas que surgen de las condiciones materiales. Por lo general, estas demandas son básicas e inmediatas y suelen estar relacionadas con deficiencias en las condiciones de vida. Son fácilmente observables y cuantificables, y pueden ser atendidas con recursos específicos en un plazo relativamente corto. Aunque mejoran la situación de las mujeres, no desafían los cimientos de la desigualdad de género ni provocan cambios en la estructura de las relaciones o roles de género.
Por otro lado, los intereses estratégicos implican una transformación de las relaciones de género y de la organización social, mejorando así la posición de las mujeres y promoviendo una mayor igualdad de género. Se desarrollan a partir del análisis de la subordinación de las mujeres en relación con los hombres. Están vinculados a las normas y tradiciones culturales que determinan la posición económica, social, política y cultural de las mujeres en comparación con los hombres, así como a los pilares que sustentan las desigualdades de género. Los intereses estratégicos son más difíciles de visualizar y cuantificar, lo que hace que su satisfacción sea más difícil ya que requiere procesos a largo plazo, tanto personales como colectivos, de toma de conciencia.
Las políticas que se centren en dar respuesta a las necesidades prácticas de las mujeres, enfocándose únicamente en sus condiciones de vida, aunque son necesarias, no son tan transformadoras. Las políticas que pueden generar cambios más profundos y estructurales son aquellas que abordan los intereses estratégicos de género y, por ende, pueden igualar progresivamente las posiciones de mujeres y hombres.
En este sencillo gráfico recogemos en qué consisten necesidades prácticas e intereses estratégicos y a qué tipo de políticas responden.


