Defender. Sostener. Avanzar
En el contexto del Día Internacional de las Mujeres, este 8 de marzo, recuperamos algo obvio y básico: Los derechos de las mujeres no son negociables, en ningún lugar del mundo y bajo ninguna circunstancia. Nos ampara un amplio marco jurídico internacional con estándares claros, como la CEDAW con obligaciones vinculantes para los Estados y, a nivel español, los desarrollos constitucionales y legislativos que han afianzado el reconocimiento de la igualdad formal y material.
Uno de los errores de análisis más peligrosos de nuestro tiempo es pensar que el reconocimiento formal de derechos es suficiente; como si una ley bastara. Como si los avances no pudieran erosionarse sin que nadie lo declare oficialmente. La existencia de normas, con ser necesaria, no garantiza por sí sola resultados efectivos (los organismos internacionales estiman que, al ritmo actual de progreso, se necesitarán entre 123 y 300 años para alcanzar la igualdad plena a nivel mundial). La igualdad entre mujeres y hombres no es algo consolidado. Es una arquitectura sometida a tensión permanente que puede degradarse de forma abrupta o silenciosa; incluso sin grandes derrumbes visibles, sino con microfisuras que pasan desapercibidas hasta que la estructura ya no puede sostenerse.
Ante el actual panorama internacional y geopolítico conviene activar todas las alertas. El riesgo de involución es evidente: la reacción patriarcal y el negacionismo de las desigualdades estructurales, la beligerancia militar y la imposición de la violencia y las guerras como estrategia armada, el incumplimiento del derecho internacional del matonismo político al servicio de intereses expansionistas y depredadores de un desorden mundial que busca el control de los recursos energéticos, el comercio mundial y el poder económico. Son malos tiempos para la convivencia y la igualdad.
Por ello, en este 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, decimos alto y claro que Los derechos de las mujeres no son negociables y para quienes quieran entender qué está en juego realmente, alentamos a hacer causa común de una estrategia combinada: defender los derechos existentes, sostener las condiciones y mecanismos que posibiliten su ejercicio y aplicación práctica y avanzar en igualdad efectiva para todas y en todas partes. Son tres planos de intervención que operan de forma simultánea y que requieren de un compromiso político y moral y de mucho más.
Defender: blindar lo conseguido frente a la erosión silenciosa
Defender no significa reaccionar cuando algo ya se ha roto. Significa identificar las fisuras antes de que se conviertan en fracturas. Y para eso hay que entender cómo funciona el retroceso real.
El retroceso rara vez llega con una derogación explícita. Llega con reinterpretaciones restrictivas de normas vigentes. Con el debilitamiento presupuestario de entidades garantes. Con la pérdida de equipos técnicos especializados en igualdad que tardan años en formarse y desaparecen en meses. Llega, también, cuando nuevas regulaciones (sobre inteligencia artificial, automatización o tratamiento de datos) se diseñan sin evaluación de impacto en la igualdad y reproducen sesgos históricos bajo la falacia de una aparente neutralidad técnica.
La pregunta estratégica que toda organización o institución debería hacerse es esta: ¿contamos con mecanismos capaces de detectar esa erosión antes de que se consolide en desprotección efectiva? ¿O esperamos a que el daño sea visible para actuar?
Sostener: cuando la continuidad es en sí misma una forma de resistencia
Las políticas de igualdad pueden debilitarse incluso sin oposición frontal. No hace falta una contraofensiva ideológica. Basta con la rotación de equipos, la pérdida de conocimiento experto acumulado durante años, la reducción progresiva de recursos o la repetición mecánica de instrumentos que ya no se evalúan. El desgaste es acumulativo. Y rara vez aparece en los informes.
Sostener implica construir capacidad institucional estable. Las recomendaciones del Consejo de Europa sobre integración transversal de la perspectiva de género ofrecen aquí una referencia técnica relevante: la igualdad no puede depender de voluntades individuales ni de ciclos políticos. Cuando la promoción de la igualdad recae en exceso sobre perfiles concretos, la cultura organizacional se resiente y las instituciones se vuelven estructuralmente frágiles ante cualquier cambio interno.
Existe además un riesgo específico que conviene nombrar: la burocratización de los mecanismos formales. La repetición mecánica de planes e instrumentos de intervención puede generar una apariencia de cumplimiento que no se llegue a traducir en una orientación a la transformación real. Los sistemas de evaluación deberían ir más allá de la verificación documental: examinar resultados, efectos indirectos, contribución efectiva a la igualdad de género y coherencia interna. Porque tener un plan de igualdad no es lo mismo que tener igualdad.
Avanzar en igualdad: revisar lo que existe, anticipar lo que viene
Avanzar no significa únicamente ampliar el número de instrumentos disponibles. Significa revisar la calidad de los existentes, identificar brechas emergentes y examinar áreas que la regulación actual no cubre o cubre mal.
La economía digital, la organización del trabajo remoto, los sistemas de promoción profesional con sesgos algorítmicos, la participación en órganos de decisión, la asignación de recursos en presupuestos públicos: todos estos ámbitos pueden reproducir desigualdades si no se analizan con perspectiva de género. No porque quienes los diseñan tengan necesariamente mala intención, sino porque los sesgos históricos se cuelan por los huecos que no miramos.
A escala institucional, avanzar también exige coherencia multinivel y una gobernanza feminista. La falta de coordinación entre niveles de gobierno o entre departamentos reduce el potencial impacto de género de cualquier iniciativa. La acumulación de acciones y medidas aisladas no equivale a una estrategia integrada. El todo debe ser más que la suma de las partes, o el esfuerzo se dispersa.
Cinco criterios de acción para quienes toman decisiones
Tras más de tres décadas de la Declaración y Plataforma de acción de Beijing, teniendo muy presente los retos y desafíos del contexto actual, urge revisar los criterios de acción para afianzar y continuar avanzando en igualdad. Por ello, en este 8 de marzo, interpelamos a las instituciones y organizaciones económicas y sociales a hacer efectiva la premisa básica de que los derechos de las mujeres no son negociables.
Defender, sostener y avanzar no son fases cronológicas de la igualdad. Son dimensiones simultáneas que requieren de una atención constante. Y hay criterios concretos que pueden orientar dicha acción:
1. Evaluar con enfoque de género. Las estrategias y planes de igualdad que no se evalúan se convierten en papel mojado. La evaluación real examina resultados, procesos e impactos. ¿Qué ha cambiado efectivamente en la organización? ¿Cuál ha sido la contribución a la igualdad? ¿Qué brechas de género persisten?
2. Calcular el coste de la inacción. La falta de revisión metodológica no es neutral. Desplaza el riesgo hacia quienes ya parten de posiciones de mayor vulnerabilidad y desigualdad. Identificar ese coste en términos de cohesión, legitimidad y eficacia es una herramienta de decisión.
3. Proteger el conocimiento experto. Cuando los liderazgos transformadores y los equipos especializados en igualdad rotan en exceso o desaparecen, el conocimiento acumulado, teórico y práctico, se pierde. Articular sistemas de transferencia de conocimiento con perspectiva de género es una inversión para la igualdad.
4. Incorporar la igualdad al núcleo estratégico. Cuando la igualdad se mantiene en una lógica sectorial aislada, compite en desventaja con otras prioridades. Integrar la igualdad entre mujeres y hombres en la planificación estratégica general no es un debate ideológico, es una cuestión de coherencia y cumplimiento normativo.
5. Anticipar impactos en nuevos contextos. Las transformaciones tecnológicas no son neutras desde la perspectiva de género. Cualquier regulación sobre IA, automatización o tratamiento de datos debería incorporar la perspectiva de género y su evaluación de impacto en la igualdad entre mujeres y hombres desde la fase misma de diseño.
Hacia una responsabilidad compartida
Los derechos de las mujeres no son negociables. Se trata de una declaración ética y también de un umbral político e institucional. Obliga a establecer criterios claros frente a cualquier erosión —explícita o indirecta— y a asumir que la igualdad forma parte del núcleo de gobernanza, no de su periferia decorativa.
La igualdad entre mujeres y hombres no es un complemento reputacional ni una política sectorial más. Es un componente estructural de la calidad democrática, de la legitimidad institucional y de la sostenibilidad organizativa. Cuando se debilitan los mecanismos que garantizan la igualdad, la organización no solo pierde coherencia interna; pierde también capacidad de respuesta ante conflictos emergentes.
Defender, sostener y avanzar en igualdad efectiva requieren algo más que voluntad política o sensibilidad personal. Requieren de visión estratégica, rigor técnico y la disposición a examinar con honestidad lo que funciona y lo que no, identificando las necesidades de mejora a implementar. Ese es el trabajo. Consideramos que es urgente y en ello estamos, aportando en esa dirección en nuestro día a día.

